martes, 23 de diciembre de 2014

La sumisión de María - Toda la Biblia en un año - John Stott


He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.
                                        Lucas 1.38

‘El primero y el menos discutible de los hechos en torno al nacimiento de Jesús’, escribió el obispo A. T. Robinson, ‘es que ocurrió fuera del matrimonio. No hay ninguna evidencia en absoluto de que Jesús fuera el hijo legítimo de José y María.

La única alternativa que se nos presenta es entre un nacimiento virginal y un nacimiento ilegítimo’. Los rumores sobre la posible ilegitimidad de Jesús se dispersaban durante su ministerio público con la intención de desacreditarlo. Por ejemplo, cuando afirmó que ciertos judíos incrédulos no eran hijos de Abraham, ellos rebatieron: ‘nosotros no somos nacidos de fornicación’, que suena como insinuación de que él sí lo era (Juan 8.41). Estos rumores persistieron hasta mucho después de su muerte.

En el Talmud judío se volvieron explícitos. ¿ Cómo hubieran podido surgir estas indirectas y calumnias a menos que se hubiera sabido que María ya estaba embarazada cuando José se casó con ella? Aunque el chisme haya sido desagradable, es una evidencia que corrobora su nacimiento virginal.

La reacción de María al anuncio angelical recibe nuestra admiración inmediata:
‘He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra’ (v. 38). 
Una vez que le han explicado el propósito y el método de Dios, la joven no se opuso. Estaba totalmente a disposición de él. Expresó su completa voluntad de ser la madre virgen del Hijo de Dios. Por supuesto, esto representaba un enorme privilegio: ‘Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso’, dijo (v. 49). Sin embargo, era también una responsabilidad imponente y costosa. Implicaba estar dispuesta a quedar embarazada antes de casarse, y a exponerse de esa manera a la vergüenza y al sufrimiento de que pensaran que era una mujer inmoral.

Veo la humildad y la valentía de María de someterse al nacimiento virginal, en claro contraste con las actitudes de los críticos que lo niegan. María rindió su reputación a la voluntad del Padre. En nuestro caso, lo que importa realmente también es que estemos dispuestos a dejar que Dios sea Dios y que haga las cosas a su manera, aun si, como María, corramos el riesgo de perder nuestro buen nombre.


Para continuar leyendo: Lucas 1.34–38