martes, 4 de noviembre de 2014

El cántico de María - Toda la Biblia en un año - John Stott

Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva. 
                                     Lucas 1.46–48

Desde por lo menos el siglo VI, la Iglesia ha apreciado el cántico de María y lo ha incluido en su liturgia con el título de ‘Magnificat’. Pero esto plantea una pregunta importante.
¿Por qué podemos cantar su canción? Una virgen hebrea elegida 
por Dios para dar a luz al Mesías, el Hijo de Dios, expresa de manera inspirada su maravilla de que hubiera sido tan honrada. ¿Cómo podemos llevar sus palabras a nuestros labios? ¿No es acaso totalmente inapropiado que lo hagamos?
No lo es. A lo largo de los siglos se ha comprendido que la experiencia de María, que en un sentido es absolutamente única, es también la experiencia característica de todos los creyentes cristianos. El mismo Dios que hizo cosas maravillosas por ella también ha derramado su gracia sobre nosotros. María parece haber estado ella misma consciente de esto, porque habiendo comenzado su canción con ‘me’ y ‘mi’ más adelante se mueve hacia las demás personas: ‘Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen’ (v. 50). 

Como en el cántico de Ana después del nacimiento de Samuel, también en el cántico de María Dios pone los valores humanos al revés. Hay dos importantes muestras aquí.

- En primer lugar, Dios destrona a los poderosos y exalta a los humildes. Lo hizo con el faraón y con Nabucodonosor, en ambos casos rescatando a Israel del exilio. Lo hace hoy en nuestra experiencia de salvación. Solo cuando nos ponemos de
rodillas junto al publicano penitente, puede Dios exaltarnos mediante su perdón y aceptación.

- En segundo lugar, Dios rechaza a los ricos y alimenta a los hambrientos. María tenía hambre. Sabía, por el Antiguo Testamento, que un día vendría el reino de Dios y estaba anhelando que llegara ese día. El hambre sigue siendo una
condición indispensable para recibir la bendición espiritual, mientras que la autosatisfacción complaciente es el enemigo más grande.

Si queremos heredar las bendiciones de María, debemos mostrar las actitudes de María, especialmente su humildad y su hambre.

Para continuar leyendo: Lucas 1.46–55