miércoles, 24 de diciembre de 2014

Belén - Toda la Biblia en un año - John Stott

Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó
en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. 
                                       Lucas 2.7

Lucas es quien nos relata las circunstancias que rodean al nacimiento de Jesús y por qué el hijo de David (Jesús) fue a nacer en la ciudad de David (Belén). Pone énfasis en dos detalles particulares: un decreto de Augusto, el famoso emperador de Roma, y el comportamiento del anónimo posadero de Belén. 

El emperador y el posadero fueron ambos, aunque de manera diferente y sin ser conscientes de ello, instrumentos del propósito providencial de Dios. Por un lado, Augusto, quien reinó en el imperio entre el 30 a. C. hasta el 14 d. C., emitió un edicto de que debía tomarse un censo de toda la población y que cada persona debía ir a su lugar de origen para ser registrada allí. El censo se hacía, seguramente, con intenciones impositivas. En consecuencia, José y María viajaron desde Nazaret a Belén. Hubiera sido inusual e innecesario que María
acompañara a José, pero probablemente había resuelto no dejarla sola debido a lo avanzado de su embarazo. Por otro lado, sin duda aliviados de que al fin habían terminado la larga travesía, José y María deben haberse sentido anonadados cuando el posadero de Belén les dijo que no tenía lugar para ellos, excepto en lo que parece haber sido un establo.

Cuando nació el bebé de María, ella lo colocó en un pesebre, es decir, en el comedero para los animales. Este hecho fue simbólico del rechazo que experimentaría más tarde Jesús. 
De esta manera, el emperador y el posadero jugaron ambos sin saberlo su papel en el plan de Dios. El edicto del emperador llevó a José y María a Belén en cumplimiento de la profecía (Miqueas 5.2; Mateo 2.5–6). Y el hecho de que la aldea estuviera súper poblada aseguró que el Salvador del mundo naciera, apropiadamente, no en un palacio sino en un establo, no rodeado de esplendor sino en la penumbra y la pobreza.


Para continuar leyendo: Lucas 2.1–7